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Hola, soy Gina.

Nací en Colombia, en una pequeña ciudad del sur, Popayán, llamada también la “ciudad blanca”.

Mi padre Francisco Javier Ardila Encinales y mi madre Blanca Esther Briceño Vargas me regalaron esta maravillosa oportunidad de estar viva. Llegué a este mundo un 10 de enero de 1982, era domingo a las 5:45 de la tarde.

Siempre he encontrado una gran relación entre mi hora de nacimiento y mi amor infinito por los atardeceres; es muy probable que mi alma recuerde con cada puesta de sol mi llegada a este bello planeta.

Hola, soy Gina.

Nací en Colombia, en una pequeña ciudad del sur, Popayán, llamada también la “ciudad blanca”.

Mi padre Francisco Javier Ardila Encinales y mi madre Blanca Esther Briceño Vargas me regalaron esta maravillosa oportunidad de estar viva. Llegué a este mundo un 10 de enero de 1982, era domingo a las 5:45 de la tarde.

Siempre he encontrado una gran relación entre mi hora de nacimiento y mi amor infinito por los atardeceres; es muy probable que mi alma recuerde con cada puesta de sol mi llegada a este bello planeta.

Desde muy pequeña vi a mi madre buscar la sanación en la religión, en la metafísica, en la sanación energética, una gran buscadora.

Ella abrió la puerta para que yo pudiera entrar y ahí comenzó este gran camino que se convirtió poco a poco en mi pasión y mi motor de vida.

Comencé con las técnicas energéticas, a los 11 años hice mi primera formación en imposición de manos y ahí comencé a atender mis primeros pacientes. Yo solo era una niña, pero no me interesaban mucho los temas de niños, más bien di un salto hacia la adultez y me apasioné con el mundo de la sanación.

En este proceso conocí mujeres sanadoras y formé un grupo con ellas.

Éramos 4, aún recuerdo sus nombres con cariño: doña Rosita, Cristina, Barbarita y yo. Nos volvimos inseparables, ellas tres eran mayores, madres, abuelas y yo una niña de 14 años.

Gracias a ellas aprendí muchísimas cosas, me enseñaron a conectarme con mis dones y sanar mi corazón, me enseñaron que
no era yo la que sanaba, sino Dios a través de mi.

Así seguí creciendo, con ese sol naciendo en mi interior.

Cada vez la presencia de Dios se hacía mas y más fuerte en mí, comencé a comprender que todo lo doloroso que había vivido de niña era el plan perfecto de Dios para forjar mi camino, él me fue guiando, me fue mostrando con su amor el paso a paso que debía seguir.

Desde muy pequeña vi a mi madre buscar la sanación en la religión, en la metafísica, en la sanación energética, una gran buscadora.

Ella abrió la puerta para que yo pudiera entrar y ahí comenzó este gran camino que se convirtió poco a poco en mi pasión y mi motor de vida.

Comencé con las técnicas energéticas, a los 11 años hice mi primera formación en imposición de manos y ahí comencé a atender mis primeros pacientes. En este proceso conocí mujeres sanadoras y formé un grupo con ellas.

Éramos 4, aún recuerdo sus nombres con cariño: doña Rosita, Cristina, Barbarita y yo. Nos volvimos inseparables, ellas tres eran mayores, madres, abuelas y yo una niña de 14 años.

Gracias a ellas aprendí muchísimas cosas, me enseñaron a conectarme con mis dones y sanar mi corazón, me enseñaron que no era yo la que sanaba, sino Dios a través de mi.

Así seguí creciendo, con ese sol naciendo en mi interior.

He tenido profesores hombres, mujeres, jóvenes y ancianos, todos y cada uno de ellos han marcado mi vida y los llevo en lo profundo de mi corazón.

Toda mi historia la bendigo, con todo lo bueno y lo malo, con todo lo duro y lo fácil, todo lo bendigo en mi vida.

En mis inicios fui mística y esotérica y esto me ayudó a tener bases muy energéticas, pero poco a poco al ir creciendo abandoné estas teorías para sumergirme en el mundo terapéutico y científico.

Hoy me llama la atención el cerebro y lo que conserva en su interior: creencias, pensamientos, sentimientos y como todas esas cosas que llevamos dentro son las que crean nuestro propio camino.

Ya no creo en muchas cosas que creía antes, mi conocimiento se ha transformado y también mi manera de ver la vida, ahora soy más simple, me levanto en las mañana y agradezco la posibilidad de abrir los ojos, de ser bendecida con el regalo de la vida.

Ahora solo creo en Dios guiando cada paso de mi existencia. Ahora descanso en él y en sus planes para mí, ya no me afano si algo no se me da, ya no sufro si alguien se va, ya no fuerzo lo que no funciona. Ahora solo permito que la vida sea tal como tiene que SER…

Esta es ahora mi verdad.

Gina Ardila